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LOS
QUE APRENDEN A "SER PADRES"
Lidia Ruiz
Parece
hoy fuera de lugar la frase tan recurrida de "es
que nadie nos enseña a ser padres",
y me refiero a la cada vez mayor cantidad de libros,
artículos, revistas especializadas, guías
y folletos de diferentes organismos, charlas
y
en especial a las iniciativas denominadas "escuelas
de padres" que cada vez en mayor número
son ofertadas a los padres por las distintas entidades
públicas y privadas.
Las escuelas de padres surgieron en Francia en
la primera mitad del siglo XX con el movimiento
psicoeducativo, procurando un espacio de reunión
entre padres y educadores con los objetivos de
dotar a los padres de herramientas para hacer
frente a los problemas cotidianos con sus hijos,
y apoyar la labor educativa de los centros. En
España comenzó su consolidación
en los años 80, con el Programa Nacional
de Formación de Padres de Alumnos, que
recoge, entre otros objetivos, realizar estudios,
seminarios, y cursillos para la formación
permanente de padres de alumnos.
En estos inicios las escuelas de padres eran organizadas
casi siempre desde los propios centros educativos,
impulsadas por las Asociaciones de Padres de Alumnos,
y con unos temas comunes: características
de las diferentes etapas evolutivas del niño,
pautas de crianza, fomento de la comunicación
en la familia, entrenamiento en técnicas
más específicas: negociación,
resolución de problemas
Y así llegamos al momento actual en el
que, a las iniciativas de las AMPAs y centros
escolares, debemos sumar las diferentes escuelas
de padres que se promueven desde otras asociaciones
(aún de forma muy minoritaria), y desde
la propia administración, local y autonómica,
(cada vez en mayor profusión). Esta amplia
oferta se justifica porque dichas escuelas se
han ido "especializando", o dirigiendo
hacia determinados campos de interés, así,
los padres hoy en día pueden elegir entre
escuelas centradas en la infancia, el periodo
adolescente, en la prevención del fracaso
escolar, en la educación sexual, en la
prevención de drogodependencias
.
Nosotros trabajamos en estas últimas, en
las escuelas para la prevención de drogodependencias
en el ámbito familiar que realiza el Ayuntamiento
de Logroño desde hace cuatro años.
Ante esta perspectiva podríamos pensar
que contamos con los padres mejor preparados de
toda la historia, y que la mayoría, en
uno u otro momento, ha accedido a este tipo de
formación, pero la realidad es muy distinta.
Los obstáculos hallados hasta ahora podrían
resumirse en tres: las cifras de participación
son bajas, en general, y para todo tipo de iniciativas,
además cuanto mayor es la edad de los hijos
(2º ciclo de la ESO, por ejemplo) menor es
la participación. En segundo lugar quienes
acuden son, en la práctica totalidad, las
madres, con muy escasa representación de
padres; y por último, aquellas madres/padres
que suelen acudir parecen ser quienes menos necesitan
este tipo de intervenciones: el mero hecho de
acudir ya suele ser indicativo de una alta implicación
en su labor educativa y, en nuestra experiencia,
son madres/padres que suelen participar en todo
tipo de escuelas y actividades organizadas para
padres.
Para tratar de conseguir mayor participación
en otros lugares se han llevado a cabo propuestas
como compensar económicamente a los padres
por desplazamientos o cuidado de los hijos, con
pobres resultados, y tampoco en Logroño
es probable que sea ésta la solución
ya que la mayoría de escuelas se realizan
en los propios centros escolares donde acuden
los hijos, en horario escolar, y en diferentes
franjas horarias.
Quizá los grandes retos que deberían
afrontar las iniciativas de formación para
los padres sea, por una parte, precisamente este,
lograr una mayor participación de los padres
y no sólo de las madres, puesto que las
metas de la formación estarán más
cerca de lograrse si se trabaja con ambos progenitores,
persiguiendo una coherencia real entre normas
en particular y estilos educativos en general,
pero para ello habría que superar primero
una más de las desigualdades actuales,
la que presupone que la que la madre es quien
principalmente debe ocuparse de los problemas
cotidianos de la educación de los hijos
(con honrosas excepciones, por supuesto). El segundo,
consistiría en llegar a aquellos padres
y madres que reúnen diferentes factores
de riesgo, o atraviesan situaciones de especial
dificultad, que, como ya se apuntaba anteriormente,
no son los que suelen acudir, y que haría
especialmente aconsejable trabajar con ellos pautas
educativas que superasen estos factores de riesgo,
y potenciasen otros factores de protección
en su ámbito familiar.
Las escuelas de padres no pueden pretender aportar
la solución instantánea a todos
los problemas educativos que la sociedad actual
plantea hoy en día a un gran número
de familias, que además se confiesan "desbordadas"
por los problemas cotidianos con sus hijos, pero
sí suponen un espacio privilegiado de reflexión
e intercambio de experiencias, del que muchos
padres salen reforzados en su rol de educador,
y de alguna manera deberíamos trasmitir
estas ventajas a aquellos padres poco convencidos,
o que no perciben su utilidad.
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