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SÍNDROME DEL “NIDO VACíO”
Rosaura Castillo Fernández y Cristina Nuez Vicente
Comisión de Psicología Clínica y de la Salud del Colegio Oficial de Psicólogos de La Rioja.
El desarrollo de una familia atraviesa por distintas fases o ciclos evolutivos, porque la familia, al igual que cualquier ser vivo es dinámica y cambiante. Una etapa significativa y muchas veces crucial para los padres es precisamente la emancipación de los hijos o “nido vacío”. Se constituye un nuevo momento en la vida familiar en el que los padres viven un sentimiento de extrañeza, vacío y soledad, que genera expresiones como “la casa está vacía”, “hay mucho silencio”, o la más usual, “falta algo”. Eso que falta, por supuesto, son los hijos. Han despegado, han delimitado su nuevo territorio, han levantado el vuelo. En esta etapa de nido vacío, la familia se reduce y los padres vuelven a quedarse solos, como hace ya muchos años, pero envueltos en una relación diferente: ha pasado el tiempo y son muchas las experiencias vividas.
En algunos casos, la partida de los hijos puede desencadenar en los padres una crisis personal, caracterizada por sentimientos de tristeza, desolación, inadaptación y desmotivación, así como fatiga, ansiedad, problemas sexuales, desinterés por actividades cotidianas... y todo este conjunto de síntomas se denomina “síndrome del nido vacío”.
Los padres que sufren este síndrome, siendo más frecuente en madres, han centrado el eje de sus vidas en el cuidado y atención de sus hijos y tras su marcha han dejado de sentirse importantes o lo que es casi lo mismo han dejado de sentirse útiles. Emerge el tiempo libre e incluso llega a abundar, no saben utilizar sus horas de ocio, nada les agrada ni les motiva lo suficiente como para disfrutar o poder sentirse bien.
Estos padres han vivido durante décadas sirviendo a los demás y dejando a un lado los intereses personales. Esta nueva situación supone para ellos un reto cuya superación requiere potenciar unas destrezas, habilidades y un estado de ánimo para afrontarlo con éxito.
Es un buen momento para que los padres reevalúen su matrimonio, asuman emocionalmente que sus hijos se han convertido en personas adultas y diferentes y que con su emancipación, rompen definitivamente el cordón umbilical para ejercer su derecho y su deseo de vivir como seres autónomos. Por lo tanto, padres e hijos han de desarrollar entre ellos una relación distinta, de adulto a adulto.
La sensación de pena que produce la marcha de los hijos del hogar, puede ocultar los aspectos positivos que tiene esta etapa. Algunas sugerencias para afrontar con resolución y optimismo dicha transición, pueden ser:
- Manifestar con palabras y compartir sin silencios ni disimulos, esos sentimientos de dolor, de soledad y de miedo ante la nueva andadura.
- Distinguir lo que nos ocurre de otros síntomas que pueden llegar al mismo tiempo: la menopausia, la jubilación, el miedo a la muerte...
- Potenciar el encuentro con nuestra pareja, llenándola de mimos, diálogo y relaciones amorosas y sexuales satisfactorias para ambos.
- Retomar aficiones arrinconadas y, si nos apetece, apuntarnos a nuevos hobbies y gustos. Reorganizar nuestro tiempo, favoreciendo los encuentros con nuestras amistades en salidas, viajes y entretenimientos diversos.
- Reconocer los aspectos positivos de lo que acaba de concluir y de la etapa que se abre. Hacer que la fantasía, la ilusión, la risa y el buen humor nos acompañen en ese nido que, aunque hoy incompleto, sigue en pie y con mucha vida. |